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En Sara Garcia Uriburu- galeria de Arte- expone Emilio Reato su "Y Giorgio en la playa" hasta el proximo 21 de diciembre. Uruguay 1223, Buenos Aires. Informacion: www.saragarciauriburu.com.ar
www.emilioreato.com.ar
catalogo Restos de una civilización
No están vacacionando. No es eso: no existe distracción ni actitud relajada en sus gestos. Se los nota reconcentrados, abocados a su incesante tarea de inventariar con su sola presencia aquello que Michel Tournier denominó “los restos de una civilización”.
Tampoco son turistas. Es gente que trabaja. Están entregados a su industria, a su oficio. Tournier sin duda pensaba en lo mismo que inspiró a Eliot o Pound (y sin dudas también a Ballard o Sebald): las playas son los sitios donde se almacenan los remanentes de naufragios.
Los personajes de las obras de Emilio Reato, su casting de formas, se conforma de ese barajado: conviven en su imaginario pictórico los buscadores y los buscados.
Toda cultura comienza en sueños y vuelve a ellos. Completa así su ciclo: los buscados se transforman en buscadores y viceversa. Porque ya no se trata del gigantesco bazar del mundo donde la Historia ya lo ha dicho todo y los objetos sólo se ofrecen en presencia. Diversamente, la investigación prosigue. Observando fijo al espectador, o desentendiéndose calculadamente de él, esta multitud de criaturas no conoce descanso.
Cuando Reato señala su deuda con Dante Alighieri, cuando nos comenta que el esquema (o uno de los mapas de base) de su obra apenas disimula una disposición de Comedia, no hace más que determinar el tránsito: una tarea tan interminable como esas que se realizan de continuo en el infierno, el purgatorio o el paraíso.
Como es tradición en el misterio, las condiciones de la razón se ven afectadas. Ya no se trata de un artista formulando su passwork, su abracadabra o disponiendo en público (en obra) de una fórmula alquímica, sino buscando minuciosamente y ensayando sin respiro esa cifra, la combinación de elementos que lo singulariza.
Si pensamos en las alternativas que la contemporaneidad propone, en las escenas que se ofrecen como sus comienzos, sin dudas mucho nos dice el último gesto romántico de Theodor Adorno que no fue nada distinto a insistir en que la obra de arte no podría liberarse jamás de ese profundo núcleo de incomunicabilidad, de lo intraducible que siempre tienta a lo inexplicable, expandiéndolo.
Cada artista inocula a la Historia del Arte ya no su novedad o ruptura formal (menos aún conceptual), sino muy por el contrario la fecunda con la dimensión de su atentado a lo que debe o puede explicarse.
Un psicoanálisis a lo imaginario quizá debería dar cuenta del capricho de lo infatigable de esa búsqueda tenaz, así como de la parsimonia de los héroes eternos de la infancia que siguen acumulándose en el museo de los afectos. Podemos aventurar muchas respuestas, pero felizmente la búsqueda no tiene explicación. Simplemente acontece, como en la máquina de los sueños en la isla de Morel. Al fin de cuentas y paradójicamente, ninguna explicación más ajustada que ésta.
Presencias simbólicas, un ejército de etnólogos de la fantasía se agrupan y dan cita en las imágenes que las pinturas de Reato recoge. Lo curioso es que no están realizando nada distinto a un balance del futuro: un atlas de la más gigantesca de las fronteras.
Una vez más la civilización hace masa, y una vez más se deja ver.
Rafael Cippolini
Noviembre, 2007
No están vacacionando. No es eso: no existe distracción ni actitud relajada en sus gestos. Se los nota reconcentrados, abocados a su incesante tarea de inventariar con su sola presencia aquello que Michel Tournier denominó “los restos de una civilización”.
Tampoco son turistas. Es gente que trabaja. Están entregados a su industria, a su oficio. Tournier sin duda pensaba en lo mismo que inspiró a Eliot o Pound (y sin dudas también a Ballard o Sebald): las playas son los sitios donde se almacenan los remanentes de naufragios.
Los personajes de las obras de Emilio Reato, su casting de formas, se conforma de ese barajado: conviven en su imaginario pictórico los buscadores y los buscados.
Toda cultura comienza en sueños y vuelve a ellos. Completa así su ciclo: los buscados se transforman en buscadores y viceversa. Porque ya no se trata del gigantesco bazar del mundo donde la Historia ya lo ha dicho todo y los objetos sólo se ofrecen en presencia. Diversamente, la investigación prosigue. Observando fijo al espectador, o desentendiéndose calculadamente de él, esta multitud de criaturas no conoce descanso.
Cuando Reato señala su deuda con Dante Alighieri, cuando nos comenta que el esquema (o uno de los mapas de base) de su obra apenas disimula una disposición de Comedia, no hace más que determinar el tránsito: una tarea tan interminable como esas que se realizan de continuo en el infierno, el purgatorio o el paraíso.
Como es tradición en el misterio, las condiciones de la razón se ven afectadas. Ya no se trata de un artista formulando su passwork, su abracadabra o disponiendo en público (en obra) de una fórmula alquímica, sino buscando minuciosamente y ensayando sin respiro esa cifra, la combinación de elementos que lo singulariza.
Si pensamos en las alternativas que la contemporaneidad propone, en las escenas que se ofrecen como sus comienzos, sin dudas mucho nos dice el último gesto romántico de Theodor Adorno que no fue nada distinto a insistir en que la obra de arte no podría liberarse jamás de ese profundo núcleo de incomunicabilidad, de lo intraducible que siempre tienta a lo inexplicable, expandiéndolo.
Cada artista inocula a la Historia del Arte ya no su novedad o ruptura formal (menos aún conceptual), sino muy por el contrario la fecunda con la dimensión de su atentado a lo que debe o puede explicarse.
Un psicoanálisis a lo imaginario quizá debería dar cuenta del capricho de lo infatigable de esa búsqueda tenaz, así como de la parsimonia de los héroes eternos de la infancia que siguen acumulándose en el museo de los afectos. Podemos aventurar muchas respuestas, pero felizmente la búsqueda no tiene explicación. Simplemente acontece, como en la máquina de los sueños en la isla de Morel. Al fin de cuentas y paradójicamente, ninguna explicación más ajustada que ésta.
Presencias simbólicas, un ejército de etnólogos de la fantasía se agrupan y dan cita en las imágenes que las pinturas de Reato recoge. Lo curioso es que no están realizando nada distinto a un balance del futuro: un atlas de la más gigantesca de las fronteras.
Una vez más la civilización hace masa, y una vez más se deja ver.
Rafael Cippolini
Noviembre, 2007
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